Las exploraciones durante la Edad Media, a pesar de no albergar muchos descubrimientos como sí ocurrió durante la Edad Antigua, estuvieron plagadas de largos viajes y crónicas muy detalladas.

El dominio marítimo de los vikingos en las aguas del norte europeo, junto con la expansión árabe en Oriente Medio y África, fueron los principales factores que condicionaron este nuevo periodo de la Historia.

Los Vikingos

A mediados del siglo IX, una nueva etapa de inquietud migratoria se inició en las costas escandinavas. A diferencia de los movimientos por tierra, los viajes marítimos vikingos fueron más discretos en número debido a la limitada capacidad de sus embarcaciones. Sin embargo, lograron mantener en vilo durante muchos años a las costas occidentales de Europa y cualquier tierra del interior que fuese accesible de manera fluvial. Los imperios más poderosos de la época, el Carolingio y el Omeya en Al-Ándalus, tuvieron que soportar sus acometidas.

En la península Ibérica, los vikingos saquearon Sevilla durante siete días, destruyeron la mezquita y apresaron a muchos de sus habitantes. Bajo el gobierno de Abderramán II (792-852), emir de Córdoba, se adoptaron medidas administrativas y militares para hacer frente a las incursiones de los pueblos nórdicos. Obligaron al emir a organizar dos flotas: una con base en Sevilla para defender el Atlántico, y otra en Almería para hacer lo propio con el Mediterráneo.

Los vikingos utilizaban unos barcos especialmente ligeros y maniobrables llamados drakkars, ideales para remontar el curso de los ríos y efectuar ataques relámpago denominados strandhögg. Gracias a su capacidad de navegación en aguas poco profundas, consiguieron sitiar la ciudad de París a través del río Sena, y llegaron hasta Pamplona a través del Ebro.

Pero no solo de pillaje vivían los vikingos. También se establecieron en diferentes regiones costeras como Sevilla, el sur de Italia y Normandía, donde años más tarde se apoyarían para conquistar la isla de Gran Bretaña.

El Atlántico Norte

Otra corriente migratoria llegó a las Islas Feroe hacia el año 670, junto con algunos monjes irlandeses, y desde allí continuaron sus viajes hacía el Atlántico Norte, alcanzando Islandia allá por el año 795. Más adelante, Erik el Rojo llegó a Groenlandia en el 982, y su hijo Leif Erikson arribó el continente americano en la península del Labrador en torno al año 1.000, denominándolo como Vinland. En la isla de Terranova, los vikingos mantuvieron contacto con las tribus inuit, a los que ellos denominaban Skræling (“bárbaros” o “forasteros”), y se cree que las relaciones hostiles con estos nativos americanos fueron una de las razones por las que abandonaron la idea de colonizar el territorio. En el viaje de vuelta a Europa encontraron las islas Spitzbergen (1.194), dejando algunos asentamientos que tuvieron una vida efímera.

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1. Viajes vikingos entre los siglos VIII y XI. Fuente: Pinterest.

Todas estas rutas fueron recogidas en las sagas nórdicas medievales, y sirvieron de gran ayuda a los geógrafos en siglos posteriores para elaborar los mapas de las regiones árticas.

Por otro lado, los viajes que se emprendieron hacia el este por vía fluvial a través de los ríos bálticos, llevó a los vikingos hasta el mar Negro a través del río Dniéper, y hasta el mar Caspio a través del río Volga. En este viaje fundaron la Rus de Kiev y llegaron incluso a atacar Constantinopla, capital del Imperio Bizantino. Incapaces de igualar el poderío naval de los bizantinos, fueron superados por el temible fuego griego y acabaron convirtiéndose en mercenarios de la ciudad o en comerciantes.

Los viajes árabes

El control musulmán de Oriente Próximo y su rápida expansión político-militar puso en contacto los confines de Oriente y Occidente, con La Meca como el centro del mundo islámico. La religión musulmana obliga a todos sus fieles a visitar la ciudad sagrada al menos una vez en la vida, y las autoridades se preocuparon de organizar caravanas y dotar de conocimiento geográfico a sus peregrinos a través de itinerarios y mapas sobre el viaje.

Este viaje, marítimo y/o terrestre, podía durar meses e incluso años y normalmente estaba lleno de complicaciones. Por suerte, la conquista árabe de los puertos mediterráneos del Líbano, les permitió usar su conocimiento y técnicas de navegación para ejercer el dominio en la parte oriental del Mediterráneo, manteniendo a raya la flota bizantina.

Mientras, en el Océano Índico, el control sobre el puerto de Siraf, situado en la costa iraní del golfo Pérsico, facilitó la posibilidad de comerciar regularmente con China y el resto de países a lo largo del camino. De hecho, el ámbito de sus viajes comerciales se amplió hasta lugares más remotos como la isla de Madagascar, la península de Corea, el archipiélago japonés y las Filipinas. El geógrafo Ibn Jurdadbih describe cómo los mercaderes árabes y judíos compraban pieles y esclavos en los mercados centroeuropeos de Verdún y Praga, para luego llevarlos a las costas de Almería. Desde allí eran finalmente redistribuidos a Egipto, el mar Rojo, y finalmente India, Indonesia y China.

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2. Expansión del Islam entre los siglos VIII y X. Fuente: Modificado de historiaes.hispantic.com

Documentación y logística

Estos recorridos quedaron recogidos en obras geográficas como la de Abu Zayd al-Sirafi (920), que describe las costas del Océano Índico desde Zanzíbar hasta Cantón (Guangzhou), en el mar de China. Las maravillas de la India y de la China aportan gran cantidad de detalles sobre las escalas que realizaban los buques desde los puertos de Siraf o Adén navegando por la ruta del Cantón.

Como es lógico, la dimensión transcontinental de los negocios que se llevaban a cabo no podía ser sostenida sin una comunicación efectiva y acorde. Es por ello que la extensa red de corresponsales, almacenes y medios de comunicación que conectaban casi todos los lugares del mundo conocido, y especialmente en el mundo árabe, tuvo una importancia mayúscula.

Viajes de peregrinación y comercio

El deseo de prosperar y encontrar mejores oportunidades comerciales llevó a los árabes a rincones insospechados. Abu Hamid al-Gharnati, viajero andalusí de Granada, realizó uno de los trayectos más notorios de la época en su búsqueda de nuevos mercados e impulsado por su peregrinación a La Meca.

Este ciudadano granadino, comenzó su aventura dirigiéndose primero a Uclés, donde residió una temporada para continuar los estudios que inició en su ciudad natal. Una vez finalizada su estancia, atravesó el estrecho de Gibraltar para recorrer Marruecos y Túnez, donde se embarcó con rumbo a Alejandría, y en cuya travesía tuvo la suerte de contemplar la erupción del Etna en Sicilia. Al llegar a El Cairo pudo explorar el tramo medio del río Nilo para volver sobre sus pasos y dirigirse hacia Damasco, Palmira y Bagdad, donde residió durante cuatro años.

A partir de este punto abandonó las regiones mejor conocidas por el islam y se adentró en territorios que le eran totalmente ajenos. Atravesó Persia hasta Derbent, en lo que hoy es el Daguestán ruso, a orillas del mar Caspio, donde recogió abundante información sobre la cordillera del Cáucaso y de la siderurgia que trabajaban sus gentes. Continuó su viaje en un bote que le llevó hasta Saysin, en el delta del río Volga, para luego remontar este y llegar hasta Bólgar, en el Tartaristán ruso, cerca de Kazán. Este fue el último centro comercial accesible para los musulmanes, pero Abu Hamid prosiguió su camino hacia Kiev en el oeste, atravesó los Cárpatos y llegó a Hungría, finalizando su incursión en territorio europeo.

Viajes Abu Hamid
3. El viaje de Abu Hamid (1.131 – 1.153). Fuente: András Róna-Tas: El pueblo húngaro conquistando. Editorial Balassi, Budapest, 1996, Pág. 62.

Regreso a oriente medio

El camino le vuelta le llevó de nuevo hasta Saysin, donde volvería a embarcarse para cruzar el Caspio hasta la península de Mangyshlak, en la costa este del mar interior. A partir de aquí, recorrió varias localidades de Oriente Medio, pasando por Bujará, Merv, Nishapur, Rayy (en Teherán), Isfahán y Basora, ciudad localizada en el interfluvio de los milenarios ríos Tigris y Éufrates, hasta llegar a La Meca. En sus últimos viajes, se dirigió hacia Bagdad, Mosul, Alepo y Damasco, donde murió a los noventa años.

Abu Hamid dedicó casi la totalidad de su vida al comercio y los viajes, dedicando los últimos quince a redactar sus experiencias como viajero. Las descripciones aportadas por el viajero andalusí superan las de predecesores como Ahmad ibn Fadlan o Ibrahim ibn Jakub de Tortosa, que también recorrieron el este de Europa.

La India y África

Los estados musulmanes de Asia Central se preocuparon de mantener buenas relaciones con sus vecinos orientales. Históricamente, siempre tuvieron dificultades para penetrar en territorio chino, pues ejercían un fuerte control en sus puestos fronterizos ante cualquier elemento exógeno. Pero en las restantes rutas de Asia fueron más afortunados y, en el siglo X, Abu Dulaf consiguió incorporarse a una embajada india en la que cruzaron el Tíbet para llegar al subcontinente indio. El regresó a Medina lo realizó visitando las regiones de Cachemira, Afganistán y Sistán, que recogió en un libro titulado Maravillas de los países.

En África, la conquista árabe tuvo como consecuencia la islamización de las tribus bereberes del Sahara, y la introducción de los productos mineros de Níger y el Congo en el mercado mundial. Gracias a estas tribus bereberes pudieron llegar también a Tombuctú, Gana y Takrur, un antiguo estado que floreció a orillas del río Senegal.

El viajero del islam

Todos estos viajes, tanto africanos como asiáticos, pueden resumirse en la vida de Ibn Battuta, conocido por muchos como “el viajero del islam”. En su libro llamado Rihla describe un viaje de alrededor de 130.000 km por todos los países del islam hasta llegar a China y Sumatra.

Partió desde Tánger, su ciudad natal, a los 21 años para realizar el peregrinaje a La Meca y además completar sus estudios en las universidades más prestigiosas del mundo árabe. Recorrió el norte de África por Túnez y Trípoli hasta llegar a Egipto, donde quedó maravillado por Alejandría. Fue en este punto de su viaje cuando decidió que dedicaría su vida a visitar todos los lugares que pudiese, intentando no emplear el mismo camino más de una vez.

Desde El Cairo se adentró en el Alto Egipto siguiendo el Nilo y cruzó el desierto hasta Aidhab, en la costa occidental del mar Rojo. Volvió a la capital egipcia y cruzó el Sinaí, llegando a Gaza, Jerusalén, Hama, Alepo y Damasco, donde se unió a una caravana que le llevaría al final de su peregrinación en 1.326: Medina y La Meca.

Sin embargo, no se detuvo. Emprendió la marcha, ávido por conocer mundo, atravesando el desierto arábigo hasta Iraq, y continuó por el sur de Irán, Azerbaiyán y Bagdad. Su camino le llevó hasta las costas de Yemen, previo paso por Yeda, para después navegar la costa oriental de África hasta Kilwa, en la actual Tanzania. Volvió a La Meca en 1.332, pero no para quedarse mucho tiempo.

Ibn-Battuta viaje
4. La vida y el viaje de Ibn Battuta. Fuente: Talkingnibs.com

Viaje a los confines orientales

Su nuevo camino le llevó hacia el norte, cruzando Oriente Próximo hasta llegar a la península de Anatolia, donde tuvo contacto con las tribus selyúcidas que poblaban Asia Menor y con el ascenso del pueblo otomano. Embarcó en Latakia para navegar el mar Egeo y el Negro, llegar a Crimea y más tarde a Constantinopla. Prosiguió su viaje con destino a la India a través de Oriente Medio por Bujará, Samarcanda, Nishapur, el Hindú Kush y Kabul, para finalmente llegar a las urbes indias de Deli y Calcuta.

En el subcontinente asiático decidió ir más allá y visitó las islas Maldivas y Ceilán (Sri Lanka). Desde la isla, atravesó el golfo de Bengala hasta Sumatra, adentrándose en Asia oriental para llegar a Cantón y Pekín, el punto más lejano de su periplo y el final de su aventura (aún en discusión). Regresó a Tánger en 1.349, casi siempre por vía marítima.

Dos grandes viajes, aunque pequeños en comparación con el anterior, le llevaron posteriormente al Reino de Granada y al Reino de Mali, en el África Central. En total, 30 años de su vida recorriendo el mundo, recogidos en su libro: Rihla.

Fuentes:

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